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El maletín que le devolvió la vida

21 Jul

Bancas de la donación

Corría el año 1978 cuando Jorge Pando García visitó Piura para terminar unos negocios que no podía cerrar desde su tierra natal, Lima. Al parecer, toda la mercancía que llevó se había vendido, por lo que el regreso a casa sería exitoso y triunfante. Las ganas de regresar pronto al lado de su familia y contarle la buena noticia lo llevaron a que, con orden y rapidez, empaque sus cosas.

Tenía pensado ir en avión para no tardar tanto tiempo. Sin embargo, su idea se vio truncada porque se dio cuenta que una de sus maletas había desaparecido en el hotel donde se hospedaba. De inmediato, corrió a la comisaría para denunciar la pérdida de una parte muy importante de su equipaje, donde había guardado todo el dinero de su trabajo.

Los días pasaron y la extraviada maleta seguía sin aparecer. Triste, Jorge se disponía a regresar a su casa cuando se encontró, en el aeropuerto de Piura, a unos fieles devotos del Señor de Chocán que visitaban el departamento norteño para celebrar la fiesta de la venerada imagen. Después de una charla, los misteriosos feligreses motivaron al empresario a que les acompañe a su visita a Querecotillo y, sin dudarlo, aceptó.

Ese febrero fue inolvidable para Pardo porque, sin haber previsto, pudo participar de las celebraciones del Cristo de Chocán. Inolvidable, porque sintió cómo era la fe de un pueblo religioso distinto al de donde venía. En ese contexto de devoción, no dudó en pedir a la venerada imagen que interceda por él para que le ayude a encontrar su maleta.

Terminada a celebración querecotillana, lo único que le quedaba era regresar a Lima. Minutos antes de subir a su avión, uno de los guardias de seguridad le informó que su maleta había aparecido. Rápidamente, fue en busca de ella y, para sorpresa suya, no le faltaba ni un solo sol.

Ante tal suceso, su alegría pasó a segundo plano y mostró su eterno agradecimiento al Señor de Chocán. Como gratitud al milagro concedido, Pardo prometió donar unas bancas que hasta hoy se guardan en el templo del Señor de Chocán.
Por André García.
Fotografía: Miguel Porras.

Ni un terremoto lo pudo tumbar

20 Jul

Corría el año 1970 cuando Juventino Pardo Cruz cumplió su primer año viviendo en Querecotillo. Jubilado de la International Petroleum Company hacía un año, llegó junto con su esposa a este pueblo para desarrollarse y alcanzar la tan ansiada felicidad.

Cuenta Pardo que el 9 de diciembre de 1970, cerca de las once de la mañana, después de regresar de hacer unas compras, un terremoto, cuyo epicentro recuerda que fue Salitral, sacudió todo Querecotillo. Su casa, recién heredada de su suegro, empezó a moverse de un lado a otro mientras los gritos de desesperación de su familia y vecinos se escuchaban fuertemente.

El movimiento sísmico duró cerca de dos minutos, pero a Juventino le pareció una eternidad. Las puertas se encontraban trabadas, por lo que salir de casa fue muy difícil. Ya en la calle, después de levantar la mirada, vio cómo su nueva ciudad había quedado totalmente destruida. Al igual que el resto de pobladores, se dirigió hasta la Plaza de Armas.

La gente se veía muy consternada –dice– y tenía distintas reacciones ante el mismo hecho; sin embargo, compartían el mismo el centro de atención: la destrucción del templo del Señor de Chocán.

Toda la edificación había quedado en escombros, a excepción de la pared en la que reposaba la efigie del Señor de Chocán. Solo un clavo impedía que esta se cayera. Un valiente joven, de quien poco se conoce hoy, quiso salvar al crucificado. Sin dudarlo, buscó una escalera, y con el temor de que esta se caiga, se apoyó contra la enclenque pared que en cualquier momento podía caerse.

Con el amor de Dios pudo recuperar la imagen. Milagrosamente, ni el muchacho ni el Señor de Chocán sufrieron algún daño. La escultura quedó intacta, bueno, apenas tuvo un ligero maltrato en un dedo. Este milagro se considera como un prodigio de Dios para la comunidad querecotillana.

Por André García.

Fotografía: Miguel Porras.

Un milagro

20 Jul

En la historia de todo santo siempre tiene hay un milagro. Esta regla no es una excepción para la venerada y querida imagen del Señor de la Buena Muerte de Chocán. Desde su aparición, que data de 1700, miles de fieles han acudido a este Cristo crucificado para pedirle favores que son difíciles –por no decir imposibles– de lograr en este mundo mortal. A lo largo de la semana se publicarán algunos relatos de hechos milagrosos que se adjudican a esta santa imagen de Chocán.

Por André García.

Fotografía: Miguel Porras.

José Chero: «La fiesta del Señor de Chocán debería ser más conocida»

20 Jul

Entrevista al párroco de Querecotillo


¿Por qué es importante conocer al Señor de Chocán?

La historia del Señor de Chocán se remonta a 1700. Es una devoción muy antigua que merece tener un reconocimiento similar a la de otras imágenes de la región como la Virgen de las Mercedes y el Señor Cautivo de Ayabaca. Nuestro Cristo de Chocán es 50 años más antiguo que el Señor de Ayabaca.

¿Por qué cree usted que el Señor de Chocán no es tan conocido en la región?

Por lo que pasó hace unos años, cuando la parroquia de Querecotillo sufrió un incendio en 1930. Desde ese momento, el número de visitas de la veneraba imagen disminuyó debido a que de la escultura original solo sobrevivió un dedo. Felizmente, el último Congreso Eucarístico Mariano, que se celebró en agosto del 2010, atrajo un considerable número de personas que pudo conocer la historia y venerar a nuestro Señor.

¿Cómo se puede mejorar la celebración de la festividad en honor al Señor de Chocán?

Deben mejorarse diversos aspectos. Si bien es cierto que las consecuencias favorables del Congreso Eucarístico, la amabilidad de los querecotillanos y, sobre todo, la bondad de nuestro Cristo, hacen que cada año lo visite más gente; siento que hace falta un impulso por parte de las autoridades y el resto de la población para que devoción sea difundida. La fiesta del Señor de Chocán puede ser una fiesta regional más conocida a la altura del Señor Cautivo de Ayabaca y la Virgen de las Mercedes.

Por André García y Claudia Reto.

Fotografía: Miguel Porras.