Rostros: Ana Meiling Kcomt Cabrejo

22 Jul

Meiling quiere dedicarse a proyectos de inversión y desea tener su propia constructora. Según cuenta, siempre suele cuestionarse sobre su vida y qué está haciendo por los demás. “Sé que puedo aportar con un granito de arena para que el mundo sea mejor. Cada vez que hago algo por los demás, me siento plena, feliz”.

Al principio, vio en el campamento una oportunidad para salir de su rutina de estudios. Hoy, asegura que ha sido una experiencia que le ha permitido retomar su camino. Con las catequesis que ha dictado, confiesa, ha recordado que su fin es Dios y no las riquezas ni los estudios.

Meiling ve a Querecotillo como un lugar muy religioso y pequeñito, donde todos están unidos, “como uno quiere que sea el mundo”. Un lugar en el que las personas se preocupan bastante por desarrollarse.

Por Priscila Guerra.

Fotografía: Priscila Guerra.

¡Gracias!: Elna Carreño Montero

22 Jul

Dios dijo: “Recibe a los que necesitan”. La solidaridad de la señora Elna se fundamenta en esta frase y se hace realidad con el alojamiento, desayuno y almuerzo que brinda a Priscila, Miguel y Alan, alumnos de la Facultad de Comunicación. A ella le gusta apoyar a la gente y lo hace con mucho cariño porque tiene los medios para hacerlo.  Dice que le gusta el carisma de los jóvenes y está de acuerdo con las actividades que realizan en el campamento porque apoyan desinteresadamente a la comunidad, en especial a la parroquia.

Su esposo, hijo y nuera, con quienes vive también, están contentos por la estadía de los jóvenes. La amable y alegre Elna espera que los universitarios cumplan con sus objetivos y que primero estudien porque después viene la diversión.

Por Micaela Seminario

Fotografía: Miguel Porras

Rostros: Lucy Olaechea Cunza

22 Jul

Lucy Gabriela Olaechea Cunza tiene 22 años y es estudiante de la Facultad de Ingeniería. Está convencida de que lo suyo es la Construcción Civil, especialmente lo relacionado a Hidráulica, pues está interesada en mejorar la calidad de los reservorios de agua, represas, alcantarillados, entre otros.

“He venido a Querecotillo porque a mí me encanta viajar. Ya he tenido experiencias similares a esta, por eso no quise desaprovechar la oportunidad que la facultad me brindó para ayudar a los demás”, cuenta con un ánimo que se contagia con facilidad.

Lucy es natural de Cusco, por lo que solo ha podido participar en el campamento hasta hoy. A pesar del corto tiempo, ella se siente satisfecha por el trabajo que ha realizado. Se fue encantada de Querecotillo, sobre todo de aquellos panecillos crocantes recién calientes. No pierde la oportunidad de invitar a los demás jóvenes universitarios a que participen de este tipo de iniciativas.

Por André García.

Fotografía: Miguel Porras.

Jueves: seguimos trabajando

21 Jul

Todos pintan con entusiasmo. A la pregunta ¿ya quieren irse?, responden –sin dar tiempo a alguna duda- un rotundo no. Quiero quedarme una semana más, dice con una gran sonrisa Leyla. Trabajar y pintar me divierte, me gusta, aún no quiero irme de acá, agrega Meiling. Queremos hacer todo muy bien, finaliza Marianela. 

Hoy las labores empezaron a las 9. Los chicos saben que nos quedan tres días más de trabajo y que deben apresurarse. Se han puesto como reto terminar de pintar mañana, el esmalte anticorrosivo es su mejor aliado para hacerlo. Entre risas y canciones alentadoras, los chicos continúan con su trabajo y así, poco a poco, cada fierro metálico de las ventanas dice adiós a su aspecto anterior.

Llegó la hora del almuerzo y, con la satisfacción del avance de la mañana, unos van a sus respectivos hogares, agotados pero muy contentos de regresar a las tres nuevamente. Óscar, Herbert, Rosemarie y Meiling conversan con Bernardo hasta la una y media, hora en los que los esperan para almorzar.

Por la tarde, algunos chicos siguen en su tarea de pintado. Leyla y Marianela, en cambio, preparan su material para la catequesis: el sétimo mandamiento y la santificación del trabajo. Hoy, ellas amanecieron con suerte: ambas son las encargadas de ir a Salitral y Puente de Los Serranos. Junto con el seminarista Carlos y las futuras comunicadoras, salen alegres a sus destinos.

El esfuerzo de las ingenieras se ha traducido en el número de oyentes que han tenido en la catequesis: alrededor de ochenta personas, veinte en Puente de Los Serranos y aproximadamente sesenta en Salitral. Ellas se van a cenar, con el entusiasmo y la promesa de reunirse con los demás en una horas de la noche.

Alegría, pleitos divertidos, miradas delatadoras, conversaciones sinceras, prolongadas carcajadas y un sin número de risas rodean el momento de la noche, en el que se conocen, comparten sus experiencias y confiesan –sin necesidad de hablar- el gran gusto de estar juntos, trabajando y divirtiéndose, en sus vacaciones y en Querecotillo… listos para saludar a Bernardo por su cumpleaños apenas lleguen las 12.

Por Priscila Guerra

Fotografía: Miguel Porras y Priscila Guerra.

Juventino, el hombre que no deja atrás a su juventud

21 Jul

Tiene 103 años y escaso cabello blanco, es de estatura mediana, contextura delgada y tez trigueña. Su secreto para llegar a esta edad fue trabajar mucho y no tener cólera, afirma Juventino Pardo Cruz con una  mirada lúcida. Su nombre está acorde con la juventud que aún posee y es el hombre con más años que vive en Querecotillo. Nació en Loja, Ecuador, el 29 de octubre de 1908. Hoy, tiene ocho hijos,  ocho nietos y cuatro bisnietos, de quienes se siente muy orgulloso.

El anciano de sonrisa amplia y ojos negros vivaces estudió hasta tercer grado de primaria en su tierra natal. Desde niño, siempre ayudaba a su madre en los quehaceres del hogar y le obedecía en todo. Quedó huérfano de padre a los siete años y creció junto con sus doce hermanos. Su mamá murió a los 126 años. Él es el tercer hijo y es el único que está vivo.

A los 14 años llegó a Perú para trabajar. De 1929 a 1968 trabajó como capataz y chofer en la International Petroleum Company de Talara.  Un año después de su jubilación, decidió cambiar de aires y mudarse con sus seis hijos, dos hijas y su esposa  a Querecotillo. En este pueblo laboró en su chacra hasta los 99 años.

“Toda mi vida he trabajado. A mis hijos siempre les decía que deben estudiar para que luego trabajen”, asegura. Dos de los hijos del carismático Pardo son profesionales, un abogado y un médico pediatra que vive en Argentina, el resto trabajan independientemente. Juventino ahora vive con tres de sus hijos, que son solteros, y con su esposa.


El anciano de mirada amable se casó a los 29 años con Candelaria Sánchez. Ella es querecotillana, tiene 94 años y hasta antes de caer muy enferma era una abnegada ama de casa. Él dice que siempre ha tenido una buena relación  con su esposa y cada problema que tenían siempre lo resolvían juntos.

Los años no le ganan al alegre Juventino, quien suele levantarse todos los días a las 8 de la mañana, desayunar y ver televisión. Almuerza al mediodía. Duerme dos horas en la tarde y cena a las cinco. Come de todo.  Fue operado de próstata y una hernia. Ahora usa un bastón para caminar, sufre de sordera y no ve bien, pero conversa amenamente y es muy lúcido al responder preguntas.

Pardo es conocido por sus familiares y vecinos como un hombre muy cariñoso y amable. Su hija Luisa dice que siempre ha sido un buen padre y que los educó siempre dando el ejemplo.  Sus hijos que no viven con él, lo llaman todas las semanas para saber cómo está. Cuando cumplió 100 años le celebraron una gran fiesta en el Club Social de Querecotillo.

Juventino es fiel devoto del Señor de Chocán  y, aunque ya no pueda ir a misa, le agradece a Dios porque le está concediendo más vida. Asegura que lo primero que debe hacer el hombre es amar a Dios y a la Virgen María para que siempre le bendiga.

Por ahora, el humilde y generoso Juventino está feliz porque vive con sus hijos y ellos lo atienden con mucho amor. Él espera seguir viviendo los años que Dios le conceda. Nos despide con una sonrisa y con una voz tímida nos agradece por la visita.

Por Micaela Seminario.

Fotografía: Priscila Guerra.

El maletín que le devolvió la vida

21 Jul

Bancas de la donación

Corría el año 1978 cuando Jorge Pando García visitó Piura para terminar unos negocios que no podía cerrar desde su tierra natal, Lima. Al parecer, toda la mercancía que llevó se había vendido, por lo que el regreso a casa sería exitoso y triunfante. Las ganas de regresar pronto al lado de su familia y contarle la buena noticia lo llevaron a que, con orden y rapidez, empaque sus cosas.

Tenía pensado ir en avión para no tardar tanto tiempo. Sin embargo, su idea se vio truncada porque se dio cuenta que una de sus maletas había desaparecido en el hotel donde se hospedaba. De inmediato, corrió a la comisaría para denunciar la pérdida de una parte muy importante de su equipaje, donde había guardado todo el dinero de su trabajo.

Los días pasaron y la extraviada maleta seguía sin aparecer. Triste, Jorge se disponía a regresar a su casa cuando se encontró, en el aeropuerto de Piura, a unos fieles devotos del Señor de Chocán que visitaban el departamento norteño para celebrar la fiesta de la venerada imagen. Después de una charla, los misteriosos feligreses motivaron al empresario a que les acompañe a su visita a Querecotillo y, sin dudarlo, aceptó.

Ese febrero fue inolvidable para Pardo porque, sin haber previsto, pudo participar de las celebraciones del Cristo de Chocán. Inolvidable, porque sintió cómo era la fe de un pueblo religioso distinto al de donde venía. En ese contexto de devoción, no dudó en pedir a la venerada imagen que interceda por él para que le ayude a encontrar su maleta.

Terminada a celebración querecotillana, lo único que le quedaba era regresar a Lima. Minutos antes de subir a su avión, uno de los guardias de seguridad le informó que su maleta había aparecido. Rápidamente, fue en busca de ella y, para sorpresa suya, no le faltaba ni un solo sol.

Ante tal suceso, su alegría pasó a segundo plano y mostró su eterno agradecimiento al Señor de Chocán. Como gratitud al milagro concedido, Pardo prometió donar unas bancas que hasta hoy se guardan en el templo del Señor de Chocán.
Por André García.
Fotografía: Miguel Porras.

La tercera catequesis: sexto mandamiento

21 Jul

Por tercer día consecutivo, los alumnos de Ingeniería fueron a Salitral y Puente de los Serranos para cumplir con sus charlas de catequesis a niños, jóvenes y adultos de estos lugares. En esta ocasión, se desarrolló el sexto mandamiento, a la manera cristiana de vivir para lograr la salvación. A continuación, una reflexión del tema tratado en esta sesión.

Desde el inicio de los tiempos, el hombre ha necesitado de una compañía para poder desarrollarse y crecer como persona creada a imagen y semejanza de Dios. El ser humano no es autosuficiente, por lo que vivir en soledad es una idea inconcebible. En su infinita inteligencia, es consciente de esta necesidad del hombre, razón por la que no dudó en brindarle una compañía que lo complemente y ayude a desarrollar: la mujer.

En el libro del Génesis, Dios manda a su máxima creación a que crezca y se multiplique por toda la faz de la Tierra. A partir de ese momento, el compromiso del matrimonio se funda como base para formar una familia que se convertirá en el centro esencial de la sociedad.

La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, tanto de la unidad de su cuerpo y como de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.

Este mandamiento se centra en la virtud de la castidad, virtud que significa la integración lograda de la sexualidad en la persona y, por ello, en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. Cumplir este mandamiento significa vivir una sexualidad conforme al mandato de vida cristiana, lejos del pecado, deslindada de los vicios y de los placeres carnales.

Estamos todos invitados a seguir el camino que nuestro padre nos planteó en el inicio de la creación. Cumplir este mandamiento es un paso importante para alcanzar la meta máxima de la  existencia humana: llegar al cielo.

Por André García.

Fotografía: Priscila Guerra.